Fragmento de una futura novela “Una vez vi un ángel” (por MGN). El título no es el definitivo.
Una vez vi un ángel.
Muchas veces siento como si algo colgara de mi corazón y lo hiciera caer hasta tocar el suelo, y tropezara con él y rodara sobre el cemento sin que nada pudiera frenarme.
Miro a mí alrededor y en un solo abrir y cerrar de ojos, me doy cuenta de que no tengo nada que hacer allí. Entonces cierro los ojos de nuevo y cuando despego los párpados, deseo estar en otro lugar, en uno en el que me acompañara siempre esa burbuja en la que me meto y que me aísla de todos y de sus problemas.
Pienso que nada puede ir peor– aunque ansío que así sea porque me haría ver que no estoy tan mal como parece- y miro al cielo porque me gustaría flotar y volar sobre todos los demás para observarlos desde arriba pero sin implicarme demasiado.
¡Quiero volar, volar!
Y noto como mis pies se despegan del suelo y subo lentamente. Subo mientras observo como los otros se empequeñecen hasta que apenas distingo sus figuras del resto del paisaje.
Respiro profundamente. La brisa roza mi piel haciendo erizar mis bellos. Mis ropas bailan al ritmo del aire que las eleva cuidadosamente y las mantiene en movimiento durante el tiempo necesario para que yo siga volando sobre la ciudad en la que nací y en la que viví feliz hasta que dejé de hacerlo. El porqué es algo que incluso yo desconozco, muy a mi pesar, pero continúo intentando engañarme de que no hay más solución que dejar pasar las horas porque sólo el tiempo cura las heridas. Y permito que el reloj corra sin mi permiso. Lo hago porque cuando siento que me ahogo, cierro los ojos y creo volar, como ahora, aunque desde los ojos de los demás mis zapatos estén tan aferrados al suelo que parecen formar parte del propio cemento.
Ellos no entienden nada de lo que hago. No saben que hay más mundo del que gira a su alrededor y aunque lo supieran, jamás lo comprenderían como yo lo hago. Porque ellos no son capaces de cerrar los ojos y permitirse volar. Porque sólo yo me alzo sin esfuerzo y, allí arriba, observo como ese otro mundo al que me gustaría pertenecer, me espera paciente. Un mundo en el que aquella vez sólo yo vi a un ángel.
Fragmento de otra futura novela (por MGN), sin título predefinido.
Nadie conocía a aquella mujer. Apareció al amanecer, bajando por la montaña que actuaba como barrera para con el pueblo vecino. Cargada con dos maletas destartaladas, con agujeros que parecían roídos por mismísimos ratones despiadados. Su larga cabellera, algo canosa ya, apenas se inmutaba con el roce de la brisa primaveral. Un vestido, tan amplio que apenas podía adivinarse su figura, cubría su cuerpo consumido hasta los tobillos, dejando ver únicamente unos zapatos de suela desgatada por el paso de los años, quizás por el largo camino recorrido con los años. Un camino que perecía haber encontrado su destino en aquel pueblo.
Las calles se presentaban prácticamente vacías a sus entrecerrados ojos, tal vez un perro vagabundo o León, el mendigo del pueblo, caminasen ya por la plaza pero lo cierto es que, aquella mujer tuvo tiempo para meditar sobre si su última parada debía realizarse en ese lugar.
Parada frente a la iglesia, dejó su equipaje sobre la hierba del jardín que daba paso a la entrada del templo y se sacudió la ropa como si fuese a encontrarse con alguien a quien deseara presentar una falsa buena imagen. De nuevo, agarró con fuerza sus maletas y se decidió a subir los escalones havia el gran pórtico de madera.
Una puerta se abrió tras ella. Era la de la casa del profesor Matías, el único que había en todo el pueblo además de otro joven, Hermes, hijo de la costurera y de su difunto marido el panadero, que en ocasiones se ofrecía a ayudar a don Matías en materias como literatura o historia, a pesar de que él mismo había abandonado sus estudios a los 12 años, cuando quedó huérfano de padre. El profesor salió de la casa, como siempre a las 5:50 de la mañana, de camino a la escuela, donde decía precisar de al menos dos horas para prepararse antes de que comenzaran a invadir los niños el aula.
La mujer retrocedió algunos pasos y quedó inmóvil frente a la iglesia, con temor a que aquel hombre pudiera importunarla con alguno de esos comentarios que suelen hacerse a los forasteros. Sin embrago, Don Matías era conocido el pueblo por u falta de interés en los asuntos ajenos, y es que, al contrario que la mayoría de sus paisanos, solía aburrirse si pasaba las tardes sentado en la plaza pregonando los secretos e intimidades de todo el que pasara frente a sus ojos.
De modo que cuando el profesor se hubo alejado unos metros hacia la escuela, la mujer emprendió de nuevo su ascenso por la vieja escalinata de la iglesia. Una vez dentro, se sorprendió de la penumbra que reinaba en la diminuta capilla. Un silencio asfixiante la hacía sentirse incómoda, nada parecía tener vida en aquel lugar y ante es, sólo sus sentimientos aprovechaban la situación para martillearle la cabeza hasta hacerla salir despavorida y correr sin rumbo fijo por las callejuelas del pueblo que ya comenzaba a mostrar los primeros síntomas de vida y despertar.
El peso de los bultos hacía que su paso fuera cada vez más lento hasta que no tuvo más remedio que cesar en su huida y tomar asiento en un banco de la plaza principal, cerca de una fuente de piedra enmohecida por la humedad del lugar, de la que pudo rescatar algunas gotas para recuperar el aire.
Un joven se aproximó lentamente a la plaza empujando un carrito de inmensas ruedas en el que viajaba una niña de unos dos años, embutida en una aparatosa manta plagada de lazos y otros adornos de tela cosidos con no mucho brío. Al pasar junto a la extranjera, aceleró su paso y fijó la mirada en algún punto imaginario frente a ella, auque sin poder esconder cierto gesto de sorpresa por la presencia de un ser desconocido en el pueblo, algo que no sucedía, según tenía entendido, desde que su abuela era aún una adolescente. Mientras se alejaba, volvió la mirada con recelo pero la mujer había abandonado toda intención de iniciar una conversación de la que pudiera extraer al menos el nombre del lugar donde se encontraba.
Continuó aún algunos minutos sentada, tomando aire con tranquilidad, esperan do quizás la llegada de otro habitante que no se atemorizara con su presencia. Tuvo que transcurrir algo más de un cuarto de hora hasta que apareció la señora Bernarda, la dueña de la tienda de comestibles que estaba en uno de los laterales de la plaza.
La mujer se puso en pie pero de nuevo fue recibida con la misma reacción que la vez anterior. Bernarda dio un rodea a la plaza al intuir las intenciones de la extranjera y abrió apresurada las puertas del comercio para tener una excusa con la que evitar las palabras de aquella desconocida.
Su desesperación resurgía nuevamente haciendo latir su corazón a tal ritmo que no pudo evitar retorcerse dolorida mientras buscaba apoyo en el banco. Tomó asiento y se resignó a esperar hasta que su cuerpo fuera capaz de encontrar las fuerzas suficientes para buscar a alguien que no tuviera reparo en informarle sobre su situación.
Los primeros rayos de sol habían dado paso a un brillo que poco a poco se hacía más sofocante e insoportable. El cansancio y el deslumbramiento acabaron por derrotar a la extranjera que quedó medio tumbada en el banco, con los pies apoyados sobre el equipaje y la cabeza empapada en sudor.
Tres horas después, cuando abrió los ojos, la oscuridad se cernía sobre su rostro. Los habitantes del pueblo escondían el sol tras sus cabezas, expectantes de aquella desconocida que parecía muerta en medio de la plaza principal. Apenas podía mover alguna parte de su cuerpo que había quedado entumecido por la posición durante tan largo tiempo.
Un hombre de aspecto fornido se abrió paso entre la gente. Su gesto era amable, tras un frondoso bigote negro se aparecía una enorme boca que parecía estar sonriendo continuamente. Sus ojos oscuros penetraron en los de la mujer con cierta extrañeza. El doctor Losca frunció el ceño al percibir el aspecto descuidado de la forastera y, ante el absoluto silencio de los presentes, se limitó a examinarla con delicadeza como si temiera tocarla demasiado.
“Morir era lo que necesitaba para que me tuvieran en cuenta” pensaba ella mientras sentía como las manos del doctor se pegaba a su ropa sudorosa.
Introducción novela “No olvidó su nombre” (por MGN)
La Segunda Guerra Mundial ha finalizado con el éxito de las potencias aliadas y aunque Estados Unidos se ha consolidado como el gran triunfador, fueron muchos los americanos que sufrieron las consecuencias del enfrentamiento.
Los armamentos de guerra y el ejército vivieron de cerca los desastres y las pérdidas se agolpan en la memoria de los soldados, atormentando su existencia. Pero todo era diferente antes de que eso comenzara.
Esta es la historia de un barco que ahora se despide como ya lo hicieron otros antes. Pero ese buque destartalado fue un galante navío que llevó a centenares de pasajeros en sus camarotes y salones de recreo. Manejado por su joven capitán, surcaba los mares sin temor a nada más que a él mismo.
De muchas historias fue testigo pero hubo una que marcó su existencia hasta el fin de sus días. Una historia que impregnó de vida y pasión hasta el último rincón de la sala de máquinas. Reencuentros y despedidas que alentaban su camino hasta paraderos lejanos.
Es la historia del capitán Roberto Castillejas y de un amor que hoy es la única razón que lo mantiene vivo.
Un capitán español en tierras americanas que había decidido embarcar junto a su navío, lejos de lo que un día fue para llegar a ser alguien mejor.
América, tierra de pasiones y de aventuras, así la conocían algunos en aquellos tiempos. Un escenario donde todo puede suceder si lo deseas con fuerza. Un lugar adelantado a su tiempo, que permite vivir como en ningún otro paraíso conocido y amar hasta límites insospechados. Eso era América para los extranjeros y Roberto Castillejas se embarcaba ahora por primera vez en un largo trayecto hacia aquellas tierras, esperando no olvidarlas jamás.
Fragmento novela “Tras los muros de piedra” (por MGN). Carta de la protagonista a la autora.
Estoy sentada en esta habitación. Blanca y fría habitación.
Me pongo a pensar… Pensar me hace daño pero es algo inevitable.
Pienso en que no importa a qué hora me levante… o si no me levanto.
¡Qué más dará!- me digo – si hoy me duele la cabeza y pierdo el conocimiento. O si vomito por la reacción de un medicamento.
A nadie interesa si hoy no he salido al jardín o si hace un mes que no respiro aire puro. Nadie se preocupa y a mí, cada día me importa menos porque nadie me está esperando. Por mucho que me siente y deje pasar el tiempo, no hay nadie. La calle sin huellas. Sin luces los edificios… No hay que dar tiempo al tiempo pues no hay tiempo que dar y todos piden que se lo regale.
No voy a demostrar a nadie lo que vale una hora porque al regresar no se alegra nadie más que aquellas personas que aún piden algunos minutos extras para pensar si merezco su compañía, después de todo.
Pues bien. No voy a mostrar calor a ninguna persona. Si todo se enfría y hasta las horas se congelan, tendré más tiempo. Ese tiempo justo que necesito para poder saberlo todo. Ese todo para poder comprenderme y volver a respirar fuera, y calentar el tiempo con mi aliento. Y así las horas continuarán pasando con normalidad como ocurría antes de todo.
Y yo ya no llevaré la cuerda que me atrapa. Quizás esa cuerda que me cubre los ojos sea la que debo cruzar en ese espacio vacío de horas. Frío como el hielo. Sola como unca creí estar, habiéndolo estado.
Cruzaré sin prisas porque nadie me estará esperando ¿Quién me dará la mano si el hilo se rompe a mitad de camino? Nadie se percatará de mi vuelta al mundi (mi mundo); sólo yo y con eso me basta.
No quiero demostrarle nada a nadie.
Fragmento novela “Tras los muros de piedra” (por MGN). Carta de la protagonista a la autora 2.
A ti que pendes de un hilo. Tú que estás entre este “nuestro mundo” y el camino hacia la desesperación donde muchos entraron y jamás pudieron contarlo.
A esa que está segura de dar el paso pero duda si será hacia delante o si retrocederá con él.
Hoy te has dado cuenta de que existen más colores además del negro. De que el mundo es diferente si lo miras con otros ojos y que, quizás, todo a tu alrededor cambie si los escuchas.
Has de saber que no será fácil volver a donde un día comenzaste y empezar de nuevo con lo mismo pero diferente. Y no te digo que no encuentres manos en tu camino sobre las que poder apoyarte; pero muchas aprovecharán para estirarte hacia ellas, cansadas ya de vivir en soledad. Es por ese camino de trampas y angustias por el que debes pasar antes de regresar con los que- quizás- te esperan… o no.
Sólo avisarte quiero, para que no te hundas con esas manos (que también te esperan abajo a la primera de cambio). Para que procures no mirar lo que te queda y te alientes con aquello que ya has recorrido. Para que no te preocupe, te digo esto, si dejas alguna piedra sin pulir durante este tiempo, porque si verdaderamente es importante alguien volverá a lanzarla para que continúes tropezando hasta quitarla de en medio…
Y soy breve porque ya sabes tú bien lo que debes hacer- y cómo-. Bien lo sabes.
Quiero darte fuerza, sin esperar a que nadie lo haga por mí, y acabar coneste tema.
Tan sólo antes, recordarte que una herida se cura únicamente con alcohol aunque escueza. Es ese dolor el que te hará cada día más “coraza” para soportar ese largo túnel que nos espera.
Primeras páginas de mi primera novela “Aquellos años” (por MGN).
Aquellos años todas teníamos sueños…
En 1972 mis hermanas y yo éramos todavía unas alocadas adolescentes que creen ser lo que en realidad no son, mayores.
A nosotras todo nos parecía fastidioso y todo estaba en nuestra contra, sobre todo, si las ideas se les ocurrían a papá y mamá. Aunque hay que reconocerlo, entre nosotras tampoco había mucha relación, más bien no existía relación alguna; éramos hermanas, sin dudarlo, pero jamás nos comportábamos como tal, no sabíamos nada las unas de las otras, ni si quiera nos saludábamos al vernos por la calle… Y aunque sabíamos que si a alguna de nosotras le pasaba algo las demás podríamos a duras penas superarlo, jamás íbamos a reconocerlo y nos peleábamos a menudo deseándonos cosas terribles… como la “muerte”…
Era un ambiente deprimente el que se vivía en casa desde hacía ya años pero 1972 fue el más duro hasta el momento. Nada marchaba bien; el trabajo de papá lo consumía poco a poco, mamá no era la misma y nosotras ansiábamos alcanzar la mayoría de edad para marcharnos de aquel lugar que nos estaba ahogando sin remedio.
Mi hermana Ashley, la mayor, aquel año acababa de cumplir los 21 y ya creía ser libre. Siempre iba acompañada por cantidad de amigos que variaban dependiendo el plan o del día pero eran siempre amigos de verdad… La verdad es que todas la envidiábamos ¿A quién no le gustaría ser querida por millones de personas? En su agenda, cada página estaba llena de cientos de nombres diferentes, de arriba a abajo, por delante y por detrás, de la A a la Z… hasta la X ¿quién conocía a alguien cuyo nombre empezara por X? Tenía que ser muy rebuscado. Quizás a alguien le gustaba tanto la serie de televisión que le puso a su hija Xena … no sé, pero desde luego había nombres en aquel librito…
La segunda era Mary, el centro de risas y burlas de toda la facultad. Tenía 20 años y su principal preocupación era conseguir la nota más alta de clase o hacer las prácticas con absoluta perfección. Apenas tenía amigos, solía juntarse únicamente con otras dos chicas, también “alumnas aplicadas”, y las tres eran inseparables. A todas nos daba lástima pero , en ocasiones, hasta parecía gustarle que todos se mofasen a su costa, no pasaba desapercibida y claro, nosotras no podíamos defenderla y ser humilladas por las cientos de risas que se oirían en cuanto pronunciáramos esas palabras que todas llevábamos hechas un nudo de tres vueltas en la garganta… _ “Dejadla en paz” _… no podíamos consentir perder la reputación.
Después estaba la famosa Debi y digo famosa porque es el adjetivo que mejor la describe. Todo el instituto sabía de su existencia y conocían, además, toda su trayectoria vital. Formaba parte de los conocidos “populares” (valga la redundancia) de las películas de escuelas americanas, y tan solo por ese insignificante detalle se creía superior. Todas la odiábamos porque muchas veces, por representar algo que en realidad no sabía ni pronunciar delante de sus amigos, había sido capaz hasta de humillarnos… a sus propias hermanas. Sí, sé que también nosotras nos comportábamos de igual modo con Mary pero esto era distinto. Y ninguna se lo habíamos perdonado aún, ni pensábamos hacerlo.
Era el objeto de deseo de los chicos “descerebrados” pero ella sabía hacerse la dura claro; era la ley de la chica “popular”. Creía ser mejor que cualquier otro individuo que se interpusiera (o no) en su camino porque conocía a todo el mundo fuera el lugar que fuera; puede que su agenda contuviera incluso más nombres que la de Ashley pero es bastante probable que no supiera relacionar tales nombres con sus correspondientes caras, cientos de rostros que le dedicaban un gesto de saludo a lo largo de un solo día.
Así era ella, con sólo 18 creía poder gobernar hasta sobre mis padres ( y la verdad es que lo llevaba claro)… Todas esperábamos con ansia el momento en que se diera cuenta de que fue únicamente la reina del baile de 1970 y que de eso ya hacía dos años, tiempo suficiente para bajar de las nubes.
Luego estaba Susan o Susy _ como la llamaban sus amigas_ . Ella estaba en plena adolescencia (también conocida vulgarmente como “edad del pavo”) y ya sabéis lo que se suele decir con ¡6 años crees tener el mundo en tus manos, pero lo único que Susy guardaba al final e sus dos extremidades superiores era una sortija con una especie de pompón lila que le había regalado su primer novio. Ese que estaba tan enamorada de ella… y al que mi hermana dejó por ir a ver un concierto de los “Hotboys” (el grupo que durante un mes estuvo de moda) en vez de aceptar las entradas que Joyhny (el chico en cuestión) le había regalado para presenciar un partido de Baseball ¡en primera fila!
¿Quién rechazaría una oferta tan suculenta? La respuesta: Susy. Era tan… extrañamente “a la moda” que ni nosotras que llevábamos toda una vida con ella, entendíamos su actitud. Cuando quedaba con sus amigas no era difícil adivinar sus planes puesto que sólo existían tres posibles opciones: salir de compras a no comprarse nada (dad su escasa economía), reunirse en una casa a hablar de los grupos de moda y otras tendencias o (y esta era la más practicada) ir a la bolera a inspeccionar género que pudiera ser interesante… ¡Qué vida más aburrida!
Demasiado aburrida para mí. Yo era, según mis amigos, _ “imprevisible”_. Necesitaba aventura, acción… Me gustaba mirar fotos de lugares lejanos e imaginarme allí.
Mi mayor distracción, a parte de quedar con los míos para hacer locuras, era sentarme en las escaleras del porche y escribir historias bajo la luz de la luna. Me encantaba hacerlo porque era la única manera de poder expresar mis verdaderos sentimientos sin miedo a que alguien se burlara; era como en los sueños cuando disfrutar o sufres con una escena como si realmente la estuvieras viviendo, y al despertar llorando de alegría o con el corazón encogido nadie te comprende pero te gusta que así sea y no le cuentas a nadie lo que has “vivido”porque te gusta sentirlo sólo tuyo.
Hablando de sueños. Mi verdadero deseo era convertirme en bailarina. Me lo pasaba a lo grande danzando sola por mi habitación, imaginándome en un gran escenario frente a millones de personas que observaban expectantes alguna de las muchas coreografías que ya había inventado para un futuro que parecí muy lejano.